Una sonrisa georgiana

La noche del 28 de marzo de 2021 probablemente haya quedado inscrita para siempre en la memoria de Khvicha Kvaratskhelia como su personal épica fallida.

En el fútbol no hay nada más heroico que una épica fracasada. En especial, cuando se trata de un equipo pequeño en la eterna representación de David contra Goliat. Casi nadie escribe la historia de los caídos pensando que ahí no hay nada valioso para contar, quedando condenada al olvido; pero, en realidad, es ahí donde reside la verdadera gloria y reconocimiento, en el coraje de aquellos que nada tienen que perder.

La noche del 28 de marzo de 2021 probablemente haya quedado inscrita para siempre en la memoria de Khvicha Kvaratskhelia como su personal épica fallida. El extremo georgiano de solo 20 años marcó apenas el segundo gol en la historia de su país contra España, para abrir el marcador en su partido de eliminatorias para la Copa del Mundo Qatar 2022.

Durante la primera mitad, Kvaratskhelia fue indiscutiblemente el mejor futbolista de la cancha. Lo reconocían incluso los narradores y comentaristas, todos españoles, durante la transmisión del partido en televisión. El delantero figuraba a pesar de la superioridad de talento del conjunto español.

Cada contra que armaba Georgia —muy efectivos y veloces en esas tareas, cabe reconocer— pasaban por los botines del jugador del Rubin Kazan en la Liga Premier de Rusia. Y su brillo terminó de confirmarse cerca del final del primer tiempo, cuando sentenció de zurda una contra para poner adelante a la selección nacional de su país, que se iría al descanso acariciando los tres puntos de la jornada clasificatoria.

Georgia, un fantasma futbolístico en Europa

Anteriormente parte de la Unión Soviética, Georgia se constituyó como nación en 1991. Unos años después, el país creó su propia selección nacional, que intenta entrar en alguna competición internacional de importancia desde la fase clasificatoria para la Eurocopa de 1996.

Ubicada entre Rusia, Turquía, Armenia y  Azerbaiyán, Georgia es conocida por su alegría, que contrasta en líneas generales con el ánimo imperante en Europa del Este y los territorios exsoviéticos. Su tamaño y los menos de 4 millones de habitantes contrastan con la inmensidad rusa.

Dice Sergio Pitol, en su libro El viaje, que la actitud de sus habitantes les hizo incluso ganarse cierta fama: «Se quejan reiteradamente de que durante largo tiempo los georgianos no han sido considerados como seres pensantes sino solo como un grupo nacional que manifiesta vacuamente su felicidad cantando, bailando y bebiendo vino a toda hora». Como si celebrar, incluso en la derrota, fuera algo cuestionable.

En cuanto a lo futbolístico, no hay demasiado que destacar, salvo por algunos nombres. El país ha tenido a figuras como Levan Kobiashvili, quien brilló en Alemania por unos 15 años; y Kakha Kaladze, sin duda el más conocido de los futbolistas georgianos, tras su paso de una década por el Milan, club italiano con el que ganó dos veces la Champions League  y un Mundial de Clubes.

Al igual que muchos de los territorios exsoviéticos, Georgia no ha logrado estar a la altura de su estirpe futbolística: semifinalista de una Copa del Mundo (1966), campeona europea en 1960 y subcampeona en otras tres ocasiones. Siendo justos, digamos que solo Rusia y Ucrania han logrado al menos participaciones mundialistas tras la separación soviética.

Georgia no ha sido más que un fantasma de eliminatoria en eliminatoria, ya sea para la máxima cita del fútbol en el planeta o incluso para el campeonato europeo. En ninguna fase final de ambas competencias ha sonado el himno georgiano hasta la fecha. Y se han acostumbrado a estar más cerca del último que de los primeros puestos de sus grupos en cada eliminatoria.

Como cada cuatro años, sus fanáticos sueñan ahora con Qatar. Y en la primera jornada mostraron fortalezas para respaldar esa esperanza: se la pusieron bien difícil a Suecia, favoritos junto con España para los puestos de liderazgo en el grupo B de la zona europea. El 1-0 terminó sepultando un gran partido, pero la muestra de juego era positiva ante un rival duro.

La ilusión de una victoria contra España duró poco a la selección de Georgia.

Del dulce al agrio en 45 minutos

El gol de Kvaratskhelia parecía enderezar el camino a la selección del país exsoviético y terminar de torcer el de los españoles, que venían de un sufrido empate a un gol contra Grecia. Pero la alegría duró poco.

Ya era claro que el delantero tendría que guardar esta jornada en un lugar especial de sus recuerdos. Lo malo fue lo que vino después de su gol y los minutos de descanso. España comenzó el segundo tiempo imponiendo su talento y el ímpetu de saberse en necesidad: el equipo grande siempre está obligado.

El chico, en contraste, se acerca a la felicidad con ejecutar el mejor intento posible. Y Georgia cumplió ante un excampeón del mundo, aunque en plena reconstrucción y en una aparente crisis de identidad y de fútbol.

Los georgianos soñaron gran parte del segundo tiempo con el empate, que había llegado apenas a 10 minutos del pitazo, con un remate de Ferrán Torres. Pero a muy poco del final, Dani Olmo terminó de concretar la primera victoria de los españoles en estas eliminatorias.

Así, la noche inolvidable de Kvaratskhelia adquirió un tinte distinto al que tenía hasta entonces: de abrir el marcador y la ilusión de una victoria inédita en la historia de su país, el gol del veinteañero pasó a ser la esperanza de un empate. Finalmente, el equipo se fue en cero, a pesar de un partidazo contra un rival claramente superior, en el papel y en la cancha.

España tuvo el balón el 79% del tiempo, disparó más veces que sus rivales y tuvo un absurdo 90% de precisión en el pase. Y con todo, Georgia los tuvo contra las cuerdas hasta el final. Pero esta vez no pudo ser. Y Kvaratskhelia así siempre lo recordará. Quizá la memoria le dibuje en el rosto una sonrisa georgiana, mientras otros lo tendremos como un recuerdo amargo, el de la épica fracasada.

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