Reseña | «El fútbol es la recuperación de la infancia»: Juan Villoro y el Balón Dividido

Melodramas

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Terminé de leer el extraordinario libro del escritor mexicano y maestro de la crónica periodística Juan Villoro, Balón Dividido, sublime radiografía de uno de los deportes que más euforia causa en el mundo, generando todo un fenómeno social. Este libro es el sucesor de Dios es redondoy como dice en la contraportada: «el fútbol es la recuperación de la infancia». En este caso los retratos y las crónicas de Balón Dividido abordan las figuras modernas del balompié, ya sea Piqué, Messi, Pep Guardiola, Cristiano Ronaldo o los Boateng, donde el autor crea unas conexiones únicas por medio de la literatura, la historia y la psicología. Villoro enciende agradablemente el ambiente para el debate y la discusión que jamás se apartará del fútbol; es, así, una guía crítica para aquellos que aman el arte de las patadas a un balón. Otro aspecto destacable (de los tantos en este libro) es su carácter periodístico, datos bien precisos, que seguramente los lectores ignoraban. Juan investiga con maestría, es un cazador de historias como debe ser un buen cronista periodístico y, por supuesto, no ignora el periodismo deportivo clásico pero lo revitaliza, le incorpora algo fundamental: humaniza la vida de los futbolistas, los baja de la cúspide inalcanzable y los vuelve cercanos a todos nosotros Por ejemplo, la historia de Martín Palermo, «Los optimistas fallan mejor», sobre aquel titán del gol, el mismo que falló tres penaltis en un juego, quien es de esos jugadores que la cancha no puede olvidar. Detrás de ese controversial deportista dentro del campo se encuentra la sensibilidad, una huella triste, y de esta forma en los párrafos finales de la historia, Villoro lo cuenta:

Fuente: Maxi Faillá

«Pero su día más trágico aún estaba por llegar. El 05 de agosto de 2006 asistió al cementerio de La Chacarita a cremar a Stéfano, su hijo recién nacido. Por la tarde, sorprendió a todos al regresar al hotel Intercontinental donde estaba concentrado el Boca Juniors, que jugaba al día siguiente. Abrió la puerta de la habitación 601 y Guillermo Barros Schelotto, su compañero de cuarto, lo vio como si se tratara de un aparecido. Hablaron poco. Durante la cena los compañeros lo arroparon con un afecto en el que apenas asomaron las palabras. Una de las escasas cosas que dijo Palermo fue que quería jugar. Pisó la cancha de la Bombonera y comenzó a ser otro. Marcó dos goles. Después del segundo no se pudo levantar del césped. Rompió a llorar, sepultado por los compañeros que tiraron sobre él. Como tantos gigantes, Palermo es sentimental. Se tatuó el nombre de Stéfano y lo besó en cada anotación hasta llegar a la última de todas, el 06 de junio de 2011, a los 38 años. Un año antes, en el Mundial de Sudáfrica, se había convertido en el segundo argentino más veterano que anotaba con la selección, siendo sólo superado por el mítico Labruna. La hinchada, que lo llamó burro y lo quiso como sólo se quiere a un burro espléndido, le levantó una estatua en la Bombonera. Ningún drama tuvo el tamaño de su optimismo». Un libro mágico; vayan inmediatamente y búsquenlo. Los mantendrá vivos…