Microplástico en tus heces: ¿un problema «no tan grave»?

¿Te parece que es una exageración la preocupación por el plástico en los océanos? Acá te contamos la verdad.

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Imagen: Icon-Icons/Pixabay

Cuando el común de la gente oye sobre el consumismo y la contaminación, piensa en reciclaje, en «pobrecitos los animales», en «no es tan grave» o «es un mito» (a lo Trump). La realidad es que es el problema más grave que enfrentamos actualmente, consecuencia de un segundo problema histórico: la forma en que concebimos nuestro «vivir» la vida.

La doctora Natalie Starkey, geoquímica de la Universidad de Edimburgo y de la Open University, publicó un artículo en la revista New Scientist en el que expone su último trabajo con muestras del núcleo y el manto de nuestro planeta, y afirma que «nuestra» agua en realidad llegó en forma de hielo a bordo de asteroides que colisionaron contra el naciente planeta Tierra durante el eón Hádico en la primera fase de la era Precámbrica, hace unos 4.6 mil millones de años. Es decir: el agua de la Tierra es más antigua que el sol y la luna.

El agua que cubre el 71% de la superficie de la Tierra tiene 2.7 kilómetros de espesor (promedio) y 1 millón 400 mil kilómetros cúbicos que se distribuyen en toda la superficie terrestre (Botello, 2009), que está lleno de fitoplancton, los cuales a través de la fotosíntesis producen la mitad del oxígeno que respiramos, y que posiblemente tiene más tiempo allí que el mismísimo sistema solar al que pertenecemos, procedente quién sabe de qué lugar de este universo. Actualmente es un gigantesco vertedero para todos los desechos producidos por la especie humana.

Un insulto para la historia de todo el planeta, que comienza con un exacerbado modo de producción y consumo, sin razón, lógica ni límites, que se traduce en, según cifras de la ONU, más de 12.7 millones de toneladas de plástico anuales en los océanos. Muchos de ellos terminarán en las playas, otros muchos seguirán flotando en el agua hasta descomponerse en diminutos pedazos.

El demonio del microplástico

Los desechos plásticos que se descomponen en diminutos pedazos forman partículas de menos de 5 milímetros de diámetro y puede colarse en todos lados.

Por ejemplo, los peces acaban consumiendo este microplástico de diversas maneras. Esos mismos peces que después te comes tú. De hecho, en los océanos más contaminados del mundo, la cantidad de microplástico excede a la cantidad de plancton. Incluso, el World Economic Forum ha reportado que para el año 2050 habrá más plástico que peces en el océano.

En un estudio reciente realizado por científicos austriacos de la Universidad Médica de Viena, se monitorearon y probaron muestras de heces de ocho participantes de diferentes países y todos dieron positivo en al menos una forma de microplástica (son nueve tipos diferentes que varían en tamaño de 50 a 500 micrómetros). Esta fue tan sólo la primera de muchas investigaciones que llevaron a cabo, y el resultado es del 100%.

Los participantes tenían en común no ser vegetarianos, y casi todos ellos consumieron alimentos del mar durante la semana que duraron las pruebas. De los 11 tipos de plástico que fueron contemplados, se encontraron 9 de distinta procedencia: bolsas, botellas plásticas, tapas, envolturas, entre otras.

Los materiales utilizados en la manufacturación del plástico son químicos tóxicos, así que imagínense el peligro que eso representa para nuestros organismos.

Nosotros y todo lo demás

Los peces, cetáceos, aves, invertebrados, miles, millones, todos son víctimas del microplástico, y del plástico que todavía no lo es también. Con frecuencia mamíferos y reptiles marinos, peces y aves los confunden con comida, con consecuencias realmente terribles.

Un ejemplo vergonzoso lo tenemos con los pitillos (o pajillas), objeto súper común y aparentemente inofensivo, pero son un arma de destrucción masiva. Los usamos por unos minutos, pero duran en el agua cientos de años y conforman el 4% de los 12 millones de toneladas anuales que terminan en los mares y océanos del planeta.

La especie humana utiliza mil millones de pitillos al día, de los cuales 500 millones se consumen diariamente sólo en Estados Unidos. Son tantos que, unidos, podrían dar la vuelta al mundo dos veces y medio. ¿De verdad? ¿Son tan indispensables? ¿O es que somos estúpidos?

Muestra el vídeo: tortuga marina sufre al sacarle un pitillo de uno de sus orificios nasales.

¿Qué hacemos?

El 24 de diciembre de 2017, la Asamblea General de las Naciones Unidas dio apertura a las negociaciones en busca de un nuevo tratado internacional tendiente a proteger la diversidad biológica de alta mar, ya que es fundamental para todas las formas de vida de la Tierra.

Estas áreas, generalmente conocidas como «espacios comunes» porque nos «pertenecen a todos», son administradas por una combinación de organizaciones sectoriales que regulan la pesca, el transporte marítimo o la minería, pero convenientemente carecen de jurisdicción para elaborar e implementar programas de protección. Como, por ejemplo, cuando aparece una isla de basura… nadie sabe nada, nadie hace nada, no es problema de nadie.

Los organismos internacionales tienen trabajo por hacer, asimismo los Estados y las empresas. Nosotros también.

  • Empecemos por aplicar el sentido común, es decir, seamos inteligentes. El consumo personal es reflejo de esa inteligencia. En serio, no necesitas el 80% de lo que compras.
  • No tengo nada contra el reciclaje y soy fiel defensora del reúso, pero esa no es la solución, ni de cerca.
  • Cambiar nuestros sistemas personales de consumo, los sistemas culturales impuestos por una economía mundial enferma, es el inicio de un camino largo pero seguro a la salud de todos los que habitamos este planeta.
  • Y, por supuesto, siempre presionar a quienes hay que presionar hasta obtener los cambios legales mundiales que garanticen protección, además de modificar los sistemas de producción. Gobiernos, Estados y fabricantes, principalmente.

Ahora, cuando te hablen del consumismo, el «no es tan grave» no debería pasar por tu mente. Es un problema mucho más complejo y delicado de lo que pensamos. Quizás ya se encuentra en tus heces.