El Mándala como lugar de reposo existencial

¿Cómo se produce el cambio? ¿Dónde está el vacío? ¿Cómo se interrelacionan en una figura antiquísima, parte de la memoria ancestral de la humanidad?

BannerCultura

Por:

Imagen: Pixabay/Marty-arts

Haz que tu negocio sea conocerte a ti mismo, que es la lección más difícil del mundo.
Miguel de Cervantes.

El Cambio

Acción, transición, movimiento o interacción: el paso de un estado a otro.

Constituye traslados espaciales, metamorfosis interiores de las formas de movimiento, todos los procesos de desarrollo, así como el surgimiento de los nuevos fenómenos en el mundo.

Para los estudiosos de la filosofía, uno de los principales y primeros problemas que surgen de la reflexión del cambio, es la de la permanencia.

La dificultad reside en el momento de establecer la causa por la que un determinado objeto, cuerpo o entidad puede mutar su estado y ser a la vez el mismo. Entonces, una persona cambia constantemente pero a la vez es la misma.

Parménides negó la existencia del cambio, Heráclito estableció que todo muta y Aristóteles que algunas cualidades son mutables mientras que otras no.

En definitiva, para el ser humano el cambio revela una transición o transformación, que no siempre indica evolución.

Inicio con este concepto, ya que es uno de los fundamentos principales del símbolo del que hablaremos en esta entrega: el Mándala.

El Mándala

Su definición más común es la de una figura circular, con repeticiones en su interior, ya sea tipo vitral o una imagen generada digitalmente, a partir de fractales.

La palabra en sánscrito significa ‘círculo’. Círculo mágico, para ser más específicos. Esta siempre ha sido una figura recurrente en las culturas del mundo, tanto orientales como occidentales, y está presente en lugares sagrados que representan gran protección o sabiduría.

En el ámbito indio, budista y lamaísta, es una herramienta de concentración, de meditación y en todas el Mándala tiene una palabra en común: el cambio, el cual es la esencia de todas estas corrientes.

Adentro y afuera, es lo único de lo que se puede tener certeza y, al construir un Mándala, ello siempre está presente, representado en un avance inquebrantable hacia su destrucción.

Es un diagrama circular del proceso por medio del cual se despliega el universo a partir de su centro, demostrando su total coherencia interna por medio de la interdependencia causal y la naturaleza vacía de todas las cosas aparentemente aisladas

Phillip Rawson, ‘El Tíbet sagrado’, Madrid, Debate, 1996, p. 90.

Los mándalas tibetanos (Vajrayana) son una especie de mapa cargado de simbolismos religiosos que contribuyen a la consecución de las enseñanzas del Buda por medio de la meditación.

En los momentos de su elaboración, se renuncia a todo lo material y corporal para ir abriendo espacio a lo espiritual.

Fundados con arena, tienen una larga y minuciosa construcción ritual que concluye en su destrucción como una metáfora de la fugacidad y lo efímero de la vida.

Lo que permanece del Mándala es el acto, lo aprendido y la contribución que tenga para los demás.

El Vacío

Pero, ¿qué se aprende? ¿Qué contribución puede tener para los demás?

El Zen, sistema filosófico budista que tuvo su origen en la China del siglo VI, se refiere a la vacuidad como todo aquello que rodea lo lleno (constituido por la materia); no hay lleno sin vacío ni vacío sin lleno.

Es una forma de dualismo: el cerebro y el pensamiento, el cuerpo y el espíritu, los ojos y la visión.

En una paradoja Zen con respecto al espíritu, un maestro y un monje discuten sobre dónde éste reposa. El maestro concluye que el espíritu está y reposa donde no existe lugar de reposo:

Esto quiere decir que no permanece en la dualidad del bien y del mal, ser y no ser, espíritu y materia; significa que no permanece en el vacío o no-vacío, ni en el descanso o no descanso. Donde no existe lugar alguno de reposo, allí en verdad se halla el lugar de descanso para el espíritu.

Paradoja Zen
Imagen: Pixabay/tambattru

Es decir, es como un lugar sin aspecto, ni forma, ni realidad (según la típica definición de realidad).

Sin embargo, ese lugar, aunque no sea visible, tiene energía. Por lo tanto, no se puede considerar vacío. Esta es la definición de la vacuidad en el Zen.

Es ese «vacío» el que se quiere encontrar, experimentar y del que se quiere aprender a través de las diversas herramientas de meditación, el lugar de reposo del alma, y plasmarlo a través del arte.

El vacío (o el flujo) es un estado en el cual se es consciente de todo, la mente se abre, el sentido del tiempo se pierde y todos los elementos se encuentran. Es por ello que cada Mándala representa un camino distinto pero con un objetivo común.

Lo común a través de los tiempos

El psicólogo y psiquiatra suizo Carl Gustav Jung (1875-1961) estudió diseños de mándalas de diferentes culturas durante 20 años y encontró características comunes en todos ellos.

Es decir, son arquetipos (determinados patrones de comportamiento comunes en la humanidad a través del tiempo), los cuales se evidencian a través del arte, los sueños, la religión y las relaciones interpersonales.

Jung hacía que sus pacientes elaboraran esquemas que resultaron ser visiones mandálicas, y en estos se revelaban procesos emocionales, vivencias, laberintos que podían estar resueltos o no.

Jung probó, a través de un extenso trabajo, que los mándalas en esencia no son originarios del Tíbet ya que es un hecho psíquico autónomo, que se caracteriza por una fenomenología que se repite siempre de nuevo y se manifiesta en todas partes de manera idéntica.

Son imágenes, obviamente cargadas de símbolos, producidas en un estado de sueño o vigilia.

Para mí está fuera de toda duda que, en Oriente, estos símbolos han surgido originariamente de sueños y visiones y que no han sido inventados por ningún padre de la Iglesia mahayana. Al contrario, pertenecen al campo de los símbolos más antiguos de la Humanidad y quizá se tropiece con ellos ya en el Paleolítico.

C. Jung y R. Wilhelm, ‘La flor de Oro’, p. 70

Hoy en día, se ha extendido el uso de mándalas como técnica terapéutica y anti-estrés, a través de su coloreado, observación o creación.

Para crearlo primero debemos buscarlo en nuestras mentes, encontrar el laberinto y resolverlo.

Luego dibújalo, yendo de lo micro a lo macro con coherencia. Deshazte de todo lo material mientras lo construyes y siente profundamente cada uno de los cambios plasmados, conocerte a ti mismo a través de él.

Trata de encontrar el lugar de reposo de tu esencia.