Pasos íntimos para dejar de fumar

Fue todo un viaje. O dos. Pero al final, todo salió bien.

Salud

Por:

Free-Photos/Pixabay

Hace unos días se cumplieron cuatro años. Es raro, cuando eventualmente me gané hasta un apodo relacionado con mi hasta entonces inagotable vicio por los cigarros. Marlboro fue el primer predilecto, luego Astor, luego nada.

Un día, muchos años después de que a los 12 se me ocurriera la idea de «probar» un cigarro, decidí que ya había sido suficiente. Era la segunda vez, al menos que yo recuerde. Por lo menos era la segunda vez que me lo creía.

La primera, luego de unos tres meses, bastó un desamor para retomar lo que nunca había realmente dejado. O ni siquiera fue eso, sino que precisamente no tenía una intención verdadera detrás de la decisión. No lo sé.

Lo cierto es que esa primera vez no lo dejé de verdad. Pero esta sí. A lo mejor ayudó que poco tiempo después de dejarlo nació mi hija, o será que realmente estaba convencido por completo ya.

Una caja me seguía a todos lados

Un día decidí no fumar más, pero a diferencia de la primera vez, en esta ocasión no fue todo al apuro. La vez de los tres meses fue como un reto a mí mismo, porque realmente quería seguir fumando. Lo disfrutaba mucho, y ese deseo ganó el reto. Pero tuvo su épica, debo reconocer. Ahora que lo pienso, siempre he tratado algunas de mis decisiones con cierto dramatismo teatral, aunque me lo suelo guardar para mí.

Apenas había gastado dos o tres cigarros de la caja cuando tomé la determinación de dejarlo. Pero no me deshice de ella. Definí, en cambio, que si la cosa iba en serio tendría que poder contra toda tentación, y dejé la caja con unos 17 cigarros en el bolsillo pequeño del bolso que siempre llevaba a la universidad.

La premisa era que si superaba un mes sin fumar teniendo la tentación siempre a mis espaldas, entonces lo había logrado. Botaría la caja -lo hice una vez cumplido el lapso- y la historia habría terminado. Pero ya sabemos cómo terminó el experimento: fumé unos cuatro, quizá cinco años más.

La vez definitiva

La segunda prueba comenzó tal como la primera. Pero el plan fue muy diferente. Lo primero que pensé fue que no podía intentar forzarlo dejando de golpe lo que por tanto tiempo había estado haciendo, así que negocié conmigo mismo.

Las metas concretas son clave en todo, y aquí no fue la excepción. Me propuse lapsos semanales con un tope máximo de cigarros diarios. Cada semana que pasaba, el máximo debía disminuir. Entonces trabajaba en una oficina que me ponía de muy mal humor y bebía cerveza cuantas veces podía. No era tan fácil la empresa.

Primero, no podía pasarme de 10 al día. Suena fácil, pero solo con la oficina la cosa se complicaba a eso de las 3 de la tarde. La segunda semana bajé a 8, luego a 6. Para cuando la cuota máxima era de 2, a veces llegaba el final de la tarde y todavía no había probado el primero. Pero me desquitaba con uno acompañando alguna cerveza y otro antes de dormir.

La última fue la más fácil y difícil a la vez. Ya no mataba por fumar, pero saber que se acercaba el final me dificultaba la cosa. El último día le dije a mi esposa, para entonces mi novia, que fuéramos a celebrar: una cerveza y un último cigarro. Y así fue. Y no puedo negar que disfruté mucho ese cigarro.

Una última prueba

Después de ese día, no toqué otra vez un cigarro. Hasta año y medio más adelante. Era el día de mi cumpleaños y me puse un último reto, porque… ¿por qué no?

Jugábamos dominó y teníamos unos cuantos tragos encima cuando le pedí a Leo un cigarro. Me vieron entre extrañados y aliviados porque al final habían tenido razón al pensar secretamente que la cosa no duraría para siempre. Pero mis sospechas eran otras y se confirmaron: apenas le di unas dos o tres veces y no pude más. Me pareció desagradable. Ya era definitivo.