Cocinar es como escribir

¿Qué tienen en común la escritura en la cocina? ¿Acaso algo comparten?

Gastronomía

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Foto: Skitterphoto/Pixabay

No sé quién dijo que escribir era un proceso natural a la lectura, pero ese es un gran mentiroso. Son dos actos complementarios, pero no conlleva una cosa a la otra como si fuera un latido. Esa dialéctica se genera más bien con un valor agregado, en mi caso el gusto.

Gusto por escribir porque eso es lo que he hecho durante los últimos 15 años de mi vida. Y porque desde adolescente decidí que quería dedicarme a esto de aporrear teclados, pensé que ninguna otra actividad valía la pena.

Entonces llegó la hora de aprender a cocinar, a salir de la cotidianidad de lavar los platos exclusivamente. Este es un episodio importante en la formación de un individuo, ya que la cocina es un lugar con muchos mitos y procederes, en el que nuevos mundos siempre son posibles si se está dispuesto a arriesgar.

Lo digo con propiedad luego de años pensándolo, cuando mi padre me expresó entre lechugas y tomates y panes y embutidos que era importante, para los escritores, aprender a cocinar. Porque escribir es como cocinar.

Por supuesto, pensé que todo era un argumento justificador para que lo suplantara en la cocina, hasta que le di vuelta unos años más tarde a la idea cuando me encontré con un texto de Roberto Bolaño: «Un narrador en la intimidad«. Allí, el chileno convierte en adjetivo la literatura, siendo el sujeto determinante la cocina.

Bolaño no termina de asumir el tema culinario sino más como evocación poética, pero fue el primer ejemplo que conseguí explícito de un escritor que me gustaba con referencias gastronómicas.

Claro, existen muchas otras que fui descubriendo con los años en términos de relación cocina y literatura. Recuerdo haber leído Gabriela, clavo y canela de Jorge Amado con el sabor del ají y las especias en la boca, dibujando las caderas de la protagonista en mis zonas ficcionales del deseo.

Lo más cercano que he leído al respecto es de Miguel Ángel Asturias, quien dice: «En casi todos los escritores hay un cocinero oculto».

Pero nada de lo que leía se relacionaba con lo que me había dicho papá, que no hablaba de ocultaciones. Hasta que un día conversé con él sobre aquella vez en que me dijo que cocinar es como escribir.

-¿Lo recuerdas, ese momento?

-No.

-Yo sí. Me dijiste eso para ver si aprendía a cocinar.

-Debe ser porque, para escribir, necesitas ejercitar la imaginación como si fueras a preparar algo.

-Lo pensé con los años, pero a qué te refieres exactamente.

-En la cocina tienes cierta cantidad de elementos aprovechables, pero no los vas a usar todos a la hora de escribir cualquier cosa. Tú eliges. Pero eliges combinaciones para crear algo, una mixtura que termina siendo un sabor. Así mismo pasa con escribir: se eligen palabras con el fin de crear un sabor.

En ese momento recordé Sabor y saber de la lengua de María Fernanda Palacios: en el ensayo que da nombre al libro, damos cuenta de que la literatura también puede ser una biblioteca de sabores, en el que cada palabra tiene una razón de gusto en sentido cultural, incluso antropológico.

Pregúntese, entonces, por qué a veces sentimos un placer corporal, a veces culposo y otras no tanto, cada vez que leemos algo emocionante. Picante, dulce o salada, toda receta tiene un componente de creatividad análogo a la combinación arbitraria de palabras. Se nota cuando fueron hechas con las manos que aliñan un pescado frente al litoral y amasan los bollitos como lo haría la abuela.

Es culpa de esos cocineros verbales que son los escritores.